Asesinato en política ya son palabras mayores

El Departamento de Estado de EE.UU. ha advertido explícitamente que revocará visas a extranjeros que celebren o glorifiquen el asesinato de Kirk, bajo secciones de la ley de inmigración que prohíben entradas a quienes apoyen terrorismo o violencia política (INA §212(a)(3)). Esto incluye visas de turista (B1/B2), que muchos mexicanos obtienen fácilmente vía la frontera o consulados. Ejemplos como Lizzie Alvarez ilustran la ironía: usuarios que critican a EE.UU. (por políticas antiinmigrantes de Kirk/Trump) pero viajan allí. El DHS (@DHSgov) y ICE han sido etiquetados en posts para investigar, y el senador Marco Rubio (@rubio) ha apoyado sanciones similares en el pasado para «incitación al odio».
Si estos individuos tienen visas, podrían enfrentar revocación si se identifican y reportan (vía tips al FBI, que ofrece $100k de recompensa por info relacionada). Sin embargo, probar «odio al país» de youtubers oficialistas requiere evidencia específica, no solo posts. México, bajo Sheinbaum, mantiene relaciones tensas con Trump por migración y comercio, pero no hay evidencia de que el gobierno mexicano tolere o promueva estas burlas.
Recomendaciones y Conclusión
Este incidente resalta la polarización global, donde la muerte de Kirk (visto como «fascista» por la izquierda por su retórica anti-México) genera celebraciones en nichos en línea, pero es condenado por la mayoría. Si tienes nombres específicos de influencers (ej. links a posts o canales de YouTube), puedes denunciarlos. Para reportar, contacta al DHS o FBI vía sus sitios web. La violencia política, como este asesinato, no debe celebrarse de ningún lado—es un recordatorio de que las palabras y balas escalan tensiones.

El grito silenciado del 7 de septiembre en Sinaloa: ¿habló el pueblo de México?

El pasado 7 de septiembre, en Culiacán, capital de Sinaloa, se vivió un hecho que los medios oficialistas intentan minimizar, pero que no puede ocultarse: más de veinte mil ciudadanos salieron a las calles para exigir paz y seguridad ante la violencia desbordada. No fueron acarreados, no hubo estructuras partidistas detrás. Fue el pueblo, familias enteras, cansadas de vivir con miedo, quienes levantaron la voz.

Lo que más incomodó al poder no fue la cantidad de asistentes ni la quema de figuras de Claudia Sheinbaum y Rubén Rocha Moya. Lo verdaderamente incómodo fueron las pancartas improvisadas que clamaban: “Ayúdanos Trump, tú puedes” y “S.O.S. a Trump y la DEA”. Ese mensaje, tan crudo como desesperado, revela lo que muchos callan: la gente ya no confía en su propio gobierno para garantizarles algo tan básico como la vida.

El silencio del miedo

La violencia en Sinaloa no es nueva, pero desde la captura de “El Mayo” Zambada en Estados Unidos, la pugna entre los grupos criminales ha convertido al estado en un infierno. Balaceras cerca de escuelas, narcomensajes en plazas públicas, decenas de muertos cada semana. El pueblo vive sitiado. Y mientras tanto, ¿qué ofrece el gobierno federal? Discursos vacíos que culpan a factores externos, como si los muertos fueran estadísticas importadas.

Muchos mexicanos piensan lo mismo que gritaron los sinaloenses el 7 de septiembre, pero no se atreven a decirlo en voz alta. El miedo es real: miedo a la censura, miedo al linchamiento mediático, miedo incluso a represalias criminales. Y ese mismo miedo es el que atenaza a la presidenta Claudia Sheinbaum, incapaz de aceptar que su estrategia de “abrazos” es ya un fracaso evidente.

La fractura del relato oficial

El gobierno intenta vender la idea de que todo está bajo control, que lo que pasa en Sinaloa es un problema “local” y no un síntoma nacional. Pero la marcha demostró lo contrario: es el verdadero sentir del pueblo, el hartazgo generalizado. No fue organizada por partidos opositores, ni financiada por intereses oscuros: fueron los ciudadanos los que pusieron el cuerpo, las cartulinas y el valor.

La quema de efigies de Sheinbaum y Rocha Moya no fue un acto de odio gratuito, sino un símbolo de repudio a la indiferencia oficial. Gritar “Fuera Rocha” no es golpismo, es desesperación. Y pedir ayuda a Trump y la DEA no es traición: es un grito desesperado de quienes ya no encuentran respuestas en su propio Estado.

Un espejo incómodo para México

Algunos medios —Latinus, Reforma, Milenio, El Heraldo— cubrieron la marcha, pero la maquinaria oficialista hizo lo que siempre hace: minimizar, distorsionar o callar. El eco en redes sociales fue fuerte, pero no lo suficiente para convertirse en escándalo nacional. Y es que, en un país polarizado, reconocer la legitimidad de esas pancartas sería aceptar que el gobierno perdió la confianza de una parte del pueblo.

El 7 de septiembre en Sinaloa debe quedar registrado como lo que realmente fue: un acto de resistencia civil, una señal de alarma, un espejo incómodo en el que se refleja el miedo, la rabia y la desesperanza de miles de mexicanos.

Mi conclusión

Yo sí lo digo claro: el pueblo habló. Y habló con valentía. Lo que pasa es que a muchos no les conviene escucharlo. Claudia Sheinbaum no quiere admitir que los ciudadanos claman por ayuda externa porque se sienten abandonados por su propio gobierno. Y muchos mexicanos prefieren callar, temiendo represalias o estigmatización.

Pero el silencio no borra la verdad. El 7 de septiembre fue un grito que atraviesa las murallas del poder: “Ya no confiamos en ustedes. Si México no puede protegernos, pediremos ayuda donde sea”.


Por Alexa Capote, Periodista Transexual
elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com

Misoginia cultural o transfobia

Misoginia cultural en las tradiciones: una exigencia de dignidad y ley

Por Alexa Capote, Periodista Transexual
elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com

En muchos pueblos originarios de América Latina, las fiestas patronales y los carnavales están llenos de música, color y baile. Sin embargo, dentro de estas celebraciones persiste una costumbre que, lejos de ser un simple folclor, constituye un acto de violencia simbólica: hombres que se disfrazan de mujeres, con vestidos, pelucas y máscaras, para provocar risa, burla y caricatura de lo femenino.

Se suele justificar como tradición, como ritual de inversión o como costumbre ancestral. Pero la verdad es que lo que se transmite, generación tras generación, es un mensaje profundamente dañino: que la mujer es un objeto de burla, que su identidad es ridícula y que la feminidad no merece respeto.

Una violencia simbólica normalizada

Cuando en las plazas públicas vemos a un grupo de hombres representando lo femenino como algo grotesco, exagerado y risible, estamos frente a un acto de misoginia cultural. Y esa misoginia no es inocente:

Refuerza estereotipos que minimizan a las mujeres.

Excluye a las mujeres mismas de espacios rituales y festivos.

Reproduce la idea de que lo femenino solo existe para ser imitado y ridiculizado.

Para quienes formamos parte de la comunidad transexual, esta práctica tiene un doble filo: nos recuerda cómo la sociedad usa nuestra identidad para ridiculizarnos. Porque detrás de esa “broma tradicional” se esconde la misma lógica que hace que, aún hoy, muchas personas crean que un hombre vestido de mujer es “chistoso”, “vergonzoso” o “indigno”.

Una ofensa personal y colectiva

Como mujer transexual, no puedo permanecer en silencio ante esta realidad. Estas danzas y carnavales, por más folclóricos que se consideren, me ofenden, me denigran y me hieren profundamente. No son expresiones artísticas inocentes: son expresiones que perpetúan la desigualdad, la violencia y el desprecio hacia lo femenino y hacia quienes nos identificamos con esa feminidad.

Exigencia a los gobiernos

Es momento de que los gobiernos de América Latina, especialmente en países subdesarrollados donde estas prácticas siguen vivas, asuman su responsabilidad.
No basta con “respetar la tradición” cuando la tradición humilla y violenta.
No basta con mirar hacia otro lado bajo el argumento del patrimonio cultural.

Es necesario formular leyes que prohíban estas prácticas denigrantes, que impidan que en nombre de la fiesta o del carnaval se siga transmitiendo un mensaje de odio hacia las mujeres y hacia la diversidad de género.

Tradición no es justificación

La cultura debe ser viva, crítica, transformadora. Lo que hoy llamamos tradición no siempre existió: fue inventado, impuesto o adaptado en algún momento. Y si la tradición hiere, si la tradición excluye, entonces la tradición debe cambiar.

Un llamado urgente

Desde mi voz de periodista transexual, levanto este reclamo: basta ya de usar la imagen de la mujer como objeto de burla. Basta ya de perpetuar la misoginia cultural en nombre de la fiesta.

Que las autoridades legislen. Que los pueblos revisen sus costumbres. Que la sociedad entera entienda que la dignidad humana está por encima de cualquier carnaval.

Porque ser mujer —biológica o trans— no es un chiste: es una existencia que merece respeto, amor y justicia.

Alexa Capote, Periodista Transexual
elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com

Agenda GLOBALISTA 2030

Agenda Globalista 2030 y la Cultura Woke: ¿Un Proyecto de Deshumanización?

Por Alexa Capote, Periodista
Disponible en: elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com

Introducción

En los últimos años se ha vuelto común escuchar en medios alternativos, foros sociales y redes digitales la expresión Agenda Globalista 2030. Para unos, se trata de un plan multilateral con nobles objetivos de desarrollo sostenible, promovido por la ONU y gobiernos occidentales. Para otros, representa un programa ideológico con intenciones de ingeniería social que, bajo discursos progresistas, pretende imponer valores, prácticas y visiones del mundo que en ocasiones chocan con tradiciones culturales, libertades individuales y el derecho mismo a la vida humana.

Paralelamente, en el terreno cultural se ha consolidado lo que se conoce como la cultura Woke: un conjunto de corrientes ideológicas que abarcan el feminismo radical, el ambientalismo extremo, el animalismo, el indígenismo, el deconstruccionismo de género y otras banderas sociales. Estas, en su conjunto, buscan visibilizar minorías y reparar injusticias históricas, pero con frecuencia han sido criticadas por priorizar causas identitarias por encima de la protección de la vida humana y del bien común.

La Dehumanización como Riesgo

El punto más polémico de estas corrientes es la aparente dehumanización que generan.
Se defiende al animal por encima del hombre, se coloca al medio ambiente como valor absoluto y se exige una agenda política donde lo biológico, lo cultural o lo religioso son relegados a un segundo plano. El ser humano pasa a ser considerado un elemento más del ecosistema, despojado de su centralidad histórica y de su dignidad intrínseca.

Esta relativización de la vida humana se refleja en debates sobre aborto, eutanasia, control poblacional, uso de biotecnologías y políticas de género. Lo que antes eran discusiones éticas profundas, ahora se presentan como «derechos incuestionables», sancionados por la presión mediática, corporativa y política.

La Agenda Globalista 2030

Oficialmente, la Agenda 2030 de Naciones Unidas se plantea como una hoja de ruta con 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Sus metas incluyen erradicar la pobreza, combatir el cambio climático, garantizar igualdad de género, proteger la biodiversidad y asegurar el acceso a la educación y la salud.

Sin embargo, críticos señalan que tras esos objetivos se esconden intereses de corporaciones transnacionales y gobiernos que buscan:

Homogeneizar culturas bajo un pensamiento único.

Controlar narrativas en medios y educación.

Reemplazar identidades nacionales por una visión globalista.

Promover políticas de ingeniería social, donde lo humano se subordina a lo ambiental, lo ideológico o lo tecnológico.

En este marco, la cultura Woke aparece como el brazo cultural que legitima estos cambios, movilizando a sectores sociales sensibles a causas nobles, pero muchas veces sin un análisis de fondo sobre las consecuencias colectivas.

El Papel de la Cultura Woke

La palabra Woke significa “despierto”, y originalmente nació en la lucha contra el racismo en EE.UU. No obstante, en las últimas dos décadas se transformó en un movimiento global que articula reivindicaciones múltiples: género, raza, medio ambiente, diversidad sexual, animalismo, derechos indígenas y más.

El problema no es la defensa de la justicia, sino la imposición de una visión única:

Quien cuestiona estas banderas es tachado de retrógrado, intolerante o negacionista.

Se cancelan voces disidentes en universidades, medios y plataformas digitales.

Se incentiva un clima de miedo cultural, donde muchos se autocensuran.

De esta manera, la cultura Woke termina funcionando como un código moral globalista, diseñado para reeducar a las sociedades en función de los intereses de las élites que dirigen estas agendas.

El Derecho Humano a la Vida

Frente a estas tendencias, resulta imprescindible recordar que el primer derecho humano es la vida. Desde la concepción hasta la muerte natural, toda persona merece respeto y protección. Un proyecto político, económico o ambiental que no tenga como centro al ser humano se convierte en un riesgo de deshumanización.

El verdadero progreso no consiste en adorar al animal sobre el hombre, ni en sacrificar vidas en nombre del planeta. El progreso consiste en garantizar que cada ciudadano pueda vivir plenamente, con salud, seguridad, educación y dignidad.

Por ello, cualquier gobernante o político que suscriba agendas globalistas debe ser evaluado por un criterio esencial: ¿pone la vida humana como prioridad o la relega frente a intereses ideológicos y corporativos?

Reflexión Final

El mundo vive una transformación cultural acelerada, donde los discursos progresistas dominan la escena internacional. La Agenda Globalista 2030 y la cultura Woke pueden aportar debates valiosos, pero también encubrir una visión peligrosa que diluye la centralidad del ser humano.

Los pueblos deben estar alertas. Defender la vida y la dignidad humana no es una posición conservadora ni reaccionaria: es el fundamento mismo de la justicia social y del derecho.

Quienes hoy gobiernan tienen la obligación de garantizar la justa distribución de la riqueza, la defensa de la soberanía nacional y la protección de su gente, por encima de toda moda ideológica global. Solo así podrá hablarse de un verdadero desarrollo humano y no de una imposición disfrazada de progreso.


Alexa Capote, Periodista
Cuentos y artículos disponibles en elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com

Derecho a una vida digna mandato popular

El derecho humano a vivir plenamente: un mandato ético y político

Por Alexa Capote, Periodista Transexual

En la vorágine de un mundo que a menudo se muestra indiferente ante el sufrimiento humano, urge recordar un principio que debería guiar a toda sociedad: el derecho de cada persona a vivir plenamente, desde la concepción hasta la muerte natural, con dignidad, salud y felicidad garantizadas. No se trata de una aspiración romántica, sino de un compromiso ético y político que los gobiernos están obligados a asumir y materializar.

La vida no es mera supervivencia

Hablar del derecho a la vida suele reducirse a un enunciado mínimo: “que nadie muera injustamente”. Sin embargo, ese enfoque estrecho olvida que la existencia humana no es simplemente respirar o subsistir. El derecho a la vida no puede desligarse de la calidad de esa vida.

Una vida plena implica condiciones de salud, alimentación, educación, vivienda y seguridad. Implica también acceso a oportunidades de desarrollo personal y colectivo, a espacios de cultura, recreación y paz. La vida, en su dimensión más amplia, es gozo, sentido, esperanza. No basta sobrevivir: el ser humano está llamado a vivir con plenitud y dignidad.

La felicidad como parte del derecho

Demasiado tiempo se ha relegado la felicidad al terreno de lo privado, como si el Estado no tuviera nada que ver con ella. Pero lo cierto es que la felicidad, entendida como bienestar integral, es también un derecho y una responsabilidad pública.

Un gobierno que no garantiza servicios de salud dignos, que no asegura acceso a la educación, que permite la corrupción y la desigualdad, está negando a sus ciudadanos la posibilidad de ser felices. El dolor de la pobreza extrema, el miedo por la inseguridad, la frustración ante la falta de oportunidades son formas de violencia estructural que contradicen el derecho a la vida plena.

El deber de los gobernantes: riqueza y justicia social

Aquí surge la pregunta central: ¿de quién es la responsabilidad de garantizar este derecho? La respuesta es clara: de quienes ejercen el poder político y administran los recursos de una nación.

Gobernar no significa mandar, ni acumular privilegios, ni perpetuar élites. Gobernar es, ante todo, una obligación moral y política de asegurar que la riqueza del país se distribuya de manera justa.

Que los recursos no se concentren en unos cuantos.

Que el desarrollo llegue a todos los rincones del territorio.

Que el bienestar se sienta en las calles, en los hogares, en las familias.

Un presidente, un gobernador, un legislador que ignora el hambre de su pueblo mientras protege intereses privados, traiciona su mandato y corrompe la esencia misma del servicio público.

Desde la concepción hasta la muerte natural

El derecho a la vida plena debe entenderse en toda su extensión: comienza en la concepción y concluye en la muerte natural. Reconocer esto significa cuidar la vida en cada etapa:

Proteger la infancia, garantizando educación y salud desde los primeros años.

Respetar y acompañar a la juventud, brindándole oportunidades de empleo, cultura y crecimiento.

Reconocer la fuerza del adulto en su etapa productiva, evitando la explotación y ofreciendo salarios dignos.

Cuidar a los ancianos, que merecen vivir con seguridad, respeto y gratitud por lo aportado.

Cada etapa de la vida es valiosa. Cada ser humano, en cada momento de su existencia, merece condiciones para florecer.

La tragedia de la desigualdad

En demasiados países —México incluido—, la realidad contradice este ideal. La riqueza nacional se concentra en élites privilegiadas, mientras millones viven en la pobreza. Los gobernantes hablan de progreso, pero permiten que hospitales se queden sin medicinas, que escuelas se caigan a pedazos, que familias enteras sobrevivan con salarios miserables.

Esa desigualdad no es un accidente: es el resultado de decisiones políticas que benefician a unos y condenan a otros. Cada niño desnutrido, cada madre que muere por falta de atención médica, cada anciano abandonado es un recordatorio de que la justicia social no es caridad: es un derecho pendiente.

Una obligación ética y política

Los derechos humanos no son favores que los gobernantes otorgan: son obligaciones que están llamados a cumplir. Proteger la vida plena de la ciudadanía es deber del Estado, y no hacerlo equivale a una forma de violencia estructural.

Un político que de verdad sirve a su pueblo debe poner en el centro el bienestar común, no los intereses económicos de unos pocos. De lo contrario, la política se reduce a un negocio, y el poder se convierte en herramienta de opresión.

Una responsabilidad colectiva

Garantizar este derecho a la vida plena no recae únicamente en los políticos. También es tarea de la sociedad civil, de las organizaciones, de las comunidades y de cada ciudadano. Pero los gobernantes, que administran los recursos y deciden el rumbo de las naciones, son quienes tienen mayor responsabilidad.

Porque al final, la política no debería medirse por discursos ni promesas, sino por su capacidad de garantizar lo más básico y lo más profundo: que cada ser humano viva, desde la concepción hasta la muerte natural, una vida justa, digna y feliz.

 Disponible en elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com

El insulto machista tercermundero

El insulto de llamar “mujer” a un hombre: reflejo de un machismo tercermundista

Por Alexa Capote, Periodista Transexual

En el debate político de muchos países, todavía se observa un fenómeno lamentable y revelador: cuando un servidor público varón es cuestionado, no faltan las voces que, en vez de criticar su desempeño o sus decisiones, recurren al insulto de llamarlo “mujer”. Esa práctica, aparentemente inofensiva para algunos, no sólo degrada el nivel de la discusión política, sino que refleja un machismo profundo, un atraso cultural que convierte lo femenino en sinónimo de ofensa.

Llamar “mujer” como estrategia de desprestigio

La escena se repite en diferentes latitudes: congresos, cabildos, mítines o debates televisados. En lugar de argumentar con cifras, con propuestas o con resultados, algunos opositores eligen el camino corto y cobarde: la descalificación basada en estereotipos de género.
El recurso es claro: si se llama “mujer” a un hombre, se le rebaja, se le despoja de autoridad simbólicamente. En esa lógica, lo femenino se convierte en un estado inferior, un espacio de menos poder.

Esto no es sólo una muestra de la pobreza argumental de quienes recurren al insulto: es una forma de violencia simbólica que, en el fondo, agrede a todas las mujeres. Porque el mensaje implícito es devastador: ser mujer es algo indigno, algo de lo que un hombre debería sentirse avergonzado.

La política latinoamericana y el peso del machismo

En América Latina —aunque no únicamente— el lenguaje político sigue impregnado de machismo. Expresiones como “ese no es hombre”, “parece vieja”, “es maricón” o “le falta pantalón” son utilizadas para ridiculizar a políticos en funciones o a candidatos. En México, en Centroamérica, en el Caribe y hasta en Sudamérica, este patrón se repite.

El insulto nunca cuestiona la gestión, los resultados, la transparencia o las propuestas: se limita a atacar la supuesta falta de masculinidad del adversario. Y en esa carencia, se equipara a la mujer como el símbolo de lo débil, de lo risible, de lo indeseable.
¿Y qué ocurre? Que la discusión pública se degrada, los problemas reales quedan invisibles y la misoginia sigue normalizada como herramienta política.

Lo que se invisibiliza cuando lo femenino es insulto

El hecho de usar a la mujer como insulto revela dos cosas: la minusvaloración histórica de lo femenino y el temor al cuestionamiento serio. Cada vez que un hombre es llamado “mujer” como forma de ofensa, lo que realmente se está transmitiendo es que las mujeres son un peldaño inferior en la escala social y política.

Esto resulta inaceptable cuando observamos que en el mundo actual las mujeres ocupan cargos de primer nivel en la política, la ciencia, la economía y la cultura. Mujeres presidentas, ministras, académicas, empresarias y artistas que sostienen, con hechos, que la supuesta “inferioridad” femenina no es más que un prejuicio arcaico.

Convertir lo femenino en insulto es, entonces, una forma de borrar esos logros y de perpetuar un lenguaje que refuerza la desigualdad.

El verdadero debate que necesitamos

Si un político falla, debe criticársele por eso: por fallar. Si un servidor público incurre en corrupción, en negligencia o en incapacidad, es su gestión lo que debe cuestionarse. Si acierta, es su mérito lo que debe reconocerse.

La ciudadanía necesita un debate político de altura, basado en ideas, en proyectos, en compromisos y en resultados. Cada vez que se recurre al insulto de género, lo único que se demuestra es incapacidad para enfrentar con argumentos a un adversario. Se insulta porque no se puede debatir. Se degrada porque no se sabe responder con razones.

Una práctica que atrasa y avergüenza

Mientras en otros países se avanza hacia un lenguaje incluyente, hacia la igualdad de género y hacia el respeto de la diversidad, en muchas naciones tercermundistas seguimos atrapados en la mentalidad medieval de creer que llamar “mujer” a un hombre lo rebaja.
El problema no es sólo que se insulte a un servidor público. El problema es que se perpetúa la idea de que la mujer es algo menos.

La verdadera ofensa, entonces, no recae en el hombre insultado, sino en todas las mujeres a las que se les envía el mensaje de que su identidad puede usarse como arma para humillar.

Hacia un nuevo lenguaje político

La política necesita madurar. Y para hacerlo, requiere desterrar de una vez por todas las expresiones machistas que han contaminado el debate público por siglos. Llamar “mujer” a un hombre no dice nada sobre su capacidad, pero sí dice mucho sobre la cultura de quien lo insulta: atraso, misoginia, falta de respeto.

El verdadero progreso llegará cuando comprendamos que la mujer no es insulto, que lo femenino no es carencia, y que la dignidad humana no se mide en términos de género.                    
Disponible en elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com

Suplemacismo tercermundero

Por Alexa Capote Periodista Transexual elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com Suplemacismo tercermundero que es.
«Supremacismo tercermundero» es una expresión que suena fuerte y un poco rara, porque junta dos ideas que normalmente no van juntas.

  • Supremacismo significa creer que un grupo de personas es mejor que otro. Por ejemplo, hay gente que cree que su raza, país o cultura es superior a las demás.
  • Tercer mundo es una forma antigua de hablar de países pobres o en desarrollo, como muchos de América Latina, África o Asia.

Entonces, cuando alguien dice supremacismo tercermundero, puede estar hablando de una actitud donde personas de países pobres dicen que su cultura o forma de vivir es mejor que la de los países ricos, aunque esos países tengan más dinero o poder.
¿Por qué alguien diría eso?

  • A veces es una forma de defender el orgullo de su país o cultura, diciendo: “Nosotros tenemos valores más humanos, más comunidad, más historia”.
  • Otras veces se usa como crítica, para decir que alguien está exagerando o actuando como si fuera superior, aunque venga de un lugar con menos recursos.
    Ejemplo fácil:

Imagina que alguien de un país pobre dice:

“Aquí vivimos con poco, pero somos más felices que los gringos con sus millones.”

Eso puede sonar como una forma de supremacismo tercermundero: decir que su forma de vivir es mejor, aunque el mundo lo vea como “atrasado”.

Suplemacismo tercermundista

“El espejismo del supremacismo tercermundista”

Por: Alexa Capote, Periodista Transexual
(KUADERNOZDEKOMUNIKAZION)


1. Introducción: El espejismo de la grandeza

En distintos rincones del llamado Tercer Mundo han surgido expresiones de lo que podríamos llamar supremacismo tercermundista: la creencia obsesiva de que “mi país es el mejor del planeta”, aunque los indicadores más básicos de justicia, seguridad, economía o bienestar social digan lo contrario.
En estos casos, la bandera se convierte en arma y fetiche, se ondea no como un símbolo de identidad y orgullo legítimo, sino como un trofeo de conquista frente a los demás. Quien ose criticar, señalar defectos o simplemente expresar incomodidad con alguna costumbre es inmediatamente acusado de traidor o enemigo.



2. La contradicción: nacionalismo exacerbado en medio del caos

Resulta paradójico: mientras se exige respeto absoluto hacia la nación, dentro de sus fronteras reina la descomposición.

Corrupción estructural: Décadas de gobiernos incapaces de resolver los problemas más elementales.

Violencia sistemática: Miles de asesinados y desaparecidos cada año, con familias enteras que nunca obtienen justicia.

Desigualdad y precariedad: Una élite que presume modernidad, mientras la mayoría sobrevive con salarios de hambre.


El discurso oficial intenta maquillar la realidad con campañas patrioteras, conciertos masivos, slogans turísticos y triunfos deportivos. Pero la sangre de los desaparecidos, el miedo cotidiano y la impunidad no se borran con fuegos artificiales ni con himnos cantados a todo pulmón.



3. Reflexión final: identidad no es supremacía

Amar a la patria no es negar la realidad. Defender la bandera no debería significar justificar crímenes ni callar frente a la corrupción. El verdadero patriotismo se mide en la capacidad de exigir cuentas, en luchar por un país mejor, no en imponer un relato ilusorio de superioridad.

El supremacismo tercermundista es un espejismo peligroso: en lugar de fortalecer la identidad, la degrada. En lugar de unir, divide. Y en lugar de encaminar al desarrollo, condena a la sociedad a un ciclo interminable de frustración.


Alexa Capote, Periodista Transexual
👉 elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com

Nuevos españoles

Alexa Capote, Periodista Transexual

Los Nuevos Españoles

Un cuento político

Llegaron barbudos, sucios y cansados por el largo viaje. Venían hermosos en su debilidad, pues en sus ojos ardía un fuego inquebrantable: el compromiso de cubrir de gloria a la corona española. Sabían que les esperaba un mundo hostil, poblado por villanos que saqueaban, esclavizaban y sacrificaban a los pueblos más débiles en altares teñidos de sangre.

Después de arrancarles el corazón a los prisioneros, los verdugos devoraban su carne en ritos de canibalismo, creyendo robarles la fuerza divina. Esa barbarie era el terror que pesaba sobre aldeas y comunidades enteras. Durante generaciones, los pueblos pequeños habían sufrido el yugo tirano del pueblo azteca, sometidos por la guerra, el tributo y el sacrificio.

Liberarlos requería mucho más que armas: hacía falta coraje, fe y la certeza de una misión sagrada.

Las batallas fueron largas y ardientes. Pero del encuentro nació algo inesperado. Cuando los guerreros de la corona se unieron con las princesas indígenas convertidas al cristianismo, surgió una nueva estirpe: los Nuevos Españoles. No importaba el color de su piel, su cabello o sus ojos; todos eran hermosos y grandiosos, herederos de caballeros y de princesas cristianas.

Eran hijos de dos mundos y, en su grandeza, podían superar a reinos enteros: Inglaterra, Portugal o incluso la propia España. Esa mezcla de temple y ternura, de acero y de jade, de cruz y de penacho, era demasiado poderosa para ser ignorada.

Fue entonces cuando los ingleses urdieron una campaña de desprestigio. Inventaron relatos envenenados: dijeron que los padres eran asesinos, ladrones, ambiciosos, que sólo buscaban saquear y violar. A las madres, princesas convertidas al cristianismo, las llamaron traidoras y rameras sometidas. El objetivo era claro: hacer que los hijos odiaran su propia sangre, que se avergonzaran de su origen, que olvidaran la nobleza de su estirpe.

Pero la mentira nunca es eterna.
Pronto la verdad saldrá a la luz, y los herederos de aquella unión caminarán erguidos, orgullosos de su linaje. Entonces recordarán que no son hijos de la vergüenza, sino de la grandeza: descendientes de héroes y de princesas, liberadores de pueblos oprimidos.

✍️ Alexa Capote, Periodista Transexual
 Visítame en mi sitio: elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com

Los bancos de comida en EEUU

Los Bancos de Comida en Estados Unidos: Pilar Silencioso Contra el Hambre

Origen y evolución

Los bancos de comida en Estados Unidos surgieron en 1967 en Phoenix, Arizona, gracias a John van Hengel, un voluntario de caridad católica que observó cómo los supermercados desechaban productos aún comestibles. De esa iniciativa nació el primer food bank, modelo que se expandió rápidamente por todo el país. Hoy, la red nacional más grande es Feeding America, que coordina más de 200 bancos de comida y 60 000 despensas comunitarias.

Quiénes los manejan

En la práctica, la operación está en manos de organizaciones sin fines de lucro, iglesias, centros comunitarios y, en gran escala, Feeding America y otras redes locales. Estas instituciones reciben alimentos donados, los almacenan y los distribuyen mediante despensas barriales, comedores y programas móviles.

Beneficios para los comercios

Los supermercados, restaurantes y productores agrícolas que donan alimentos a los bancos reciben deducciones fiscales bajo el código tributario federal. Esto significa que, además de evitar el desperdicio y reforzar su imagen social, logran ventajas económicas directas. Grandes cadenas como Walmart, Kroger y Amazon Fresh son hoy donantes clave.

Apoyo gubernamental

El gobierno federal, principalmente a través del Departamento de Agricultura (USDA), destina fondos y alimentos excedentes mediante programas como The Emergency Food Assistance Program (TEFAP). Los estados complementan con subsidios logísticos, camiones refrigerados y apoyos de personal. En términos fiscales, los donantes también reciben alivios impositivos, lo cual fortalece el círculo de colaboración público-privada.

Quiénes se benefician

Se estima que más de 40 millones de estadounidenses dependen cada año de estos bancos de comida. En promedio, muchas familias pueden recoger paquetes dos veces al mes, que incluyen frutas, verduras, proteínas congeladas, pan y productos básicos. La demanda suele aumentar en épocas de crisis: recesiones, desastres naturales o pandemias.

Biden vs. Trump: ¿Quién apoyó más?

Durante la administración Trump (2017–2021), los bancos recibieron una inyección extraordinaria de fondos durante la pandemia de COVID-19, con programas de compra directa a agricultores (Farmers to Families Food Box Program). Aquello fortaleció temporalmente la red, pero también fue criticado por problemas de logística y desperdicio.

Con Biden (2021–2025), el enfoque ha sido más estable y de largo plazo: se ampliaron los presupuestos del USDA y se reforzó el programa SNAP (estampillas de comida). Sin embargo, el aumento de la inflación y del costo de vida ha hecho que la demanda sobre los bancos siga creciendo, y muchas familias sienten que hoy necesitan más ayuda que antes.

Conclusión

Los bancos de comida son un mecanismo vital de solidaridad en Estados Unidos, puente entre el sector privado, el gobierno y la sociedad civil. Permiten que millones de hogares sobrevivan en tiempos difíciles. Más allá de la política, su permanencia es una prueba de que el hambre en el país más rico del mundo aún requiere soluciones colectivas, donde cada gobierno imprime su sello, pero el esfuerzo comunitario sigue siendo el motor principal.