En distintos rincones del llamado Tercer Mundo han surgido expresiones de lo que podríamos llamar supremacismo tercermundista: la creencia obsesiva de que “mi país es el mejor del planeta”, aunque los indicadores más básicos de justicia, seguridad, economía o bienestar social digan lo contrario. En estos casos, la bandera se convierte en arma y fetiche, se ondea no como un símbolo de identidad y orgullo legítimo, sino como un trofeo de conquista frente a los demás. Quien ose criticar, señalar defectos o simplemente expresar incomodidad con alguna costumbre es inmediatamente acusado de traidor o enemigo.
2. La contradicción: nacionalismo exacerbado en medio del caos
Resulta paradójico: mientras se exige respeto absoluto hacia la nación, dentro de sus fronteras reina la descomposición.
Corrupción estructural: Décadas de gobiernos incapaces de resolver los problemas más elementales.
Violencia sistemática: Miles de asesinados y desaparecidos cada año, con familias enteras que nunca obtienen justicia.
Desigualdad y precariedad: Una élite que presume modernidad, mientras la mayoría sobrevive con salarios de hambre.
El discurso oficial intenta maquillar la realidad con campañas patrioteras, conciertos masivos, slogans turísticos y triunfos deportivos. Pero la sangre de los desaparecidos, el miedo cotidiano y la impunidad no se borran con fuegos artificiales ni con himnos cantados a todo pulmón.
3. Reflexión final: identidad no es supremacía
Amar a la patria no es negar la realidad. Defender la bandera no debería significar justificar crímenes ni callar frente a la corrupción. El verdadero patriotismo se mide en la capacidad de exigir cuentas, en luchar por un país mejor, no en imponer un relato ilusorio de superioridad.
El supremacismo tercermundista es un espejismo peligroso: en lugar de fortalecer la identidad, la degrada. En lugar de unir, divide. Y en lugar de encaminar al desarrollo, condena a la sociedad a un ciclo interminable de frustración.
Llegaron barbudos, sucios y cansados por el largo viaje. Venían hermosos en su debilidad, pues en sus ojos ardía un fuego inquebrantable: el compromiso de cubrir de gloria a la corona española. Sabían que les esperaba un mundo hostil, poblado por villanos que saqueaban, esclavizaban y sacrificaban a los pueblos más débiles en altares teñidos de sangre.
Después de arrancarles el corazón a los prisioneros, los verdugos devoraban su carne en ritos de canibalismo, creyendo robarles la fuerza divina. Esa barbarie era el terror que pesaba sobre aldeas y comunidades enteras. Durante generaciones, los pueblos pequeños habían sufrido el yugo tirano del pueblo azteca, sometidos por la guerra, el tributo y el sacrificio.
Liberarlos requería mucho más que armas: hacía falta coraje, fe y la certeza de una misión sagrada.
Las batallas fueron largas y ardientes. Pero del encuentro nació algo inesperado. Cuando los guerreros de la corona se unieron con las princesas indígenas convertidas al cristianismo, surgió una nueva estirpe: los Nuevos Españoles. No importaba el color de su piel, su cabello o sus ojos; todos eran hermosos y grandiosos, herederos de caballeros y de princesas cristianas.
Eran hijos de dos mundos y, en su grandeza, podían superar a reinos enteros: Inglaterra, Portugal o incluso la propia España. Esa mezcla de temple y ternura, de acero y de jade, de cruz y de penacho, era demasiado poderosa para ser ignorada.
Fue entonces cuando los ingleses urdieron una campaña de desprestigio. Inventaron relatos envenenados: dijeron que los padres eran asesinos, ladrones, ambiciosos, que sólo buscaban saquear y violar. A las madres, princesas convertidas al cristianismo, las llamaron traidoras y rameras sometidas. El objetivo era claro: hacer que los hijos odiaran su propia sangre, que se avergonzaran de su origen, que olvidaran la nobleza de su estirpe.
Pero la mentira nunca es eterna. Pronto la verdad saldrá a la luz, y los herederos de aquella unión caminarán erguidos, orgullosos de su linaje. Entonces recordarán que no son hijos de la vergüenza, sino de la grandeza: descendientes de héroes y de princesas, liberadores de pueblos oprimidos.
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✍️ Alexa Capote, Periodista Transexual Visítame en mi sitio: elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com
Los Bancos de Comida en Estados Unidos: Pilar Silencioso Contra el Hambre
Origen y evolución
Los bancos de comida en Estados Unidos surgieron en 1967 en Phoenix, Arizona, gracias a John van Hengel, un voluntario de caridad católica que observó cómo los supermercados desechaban productos aún comestibles. De esa iniciativa nació el primer food bank, modelo que se expandió rápidamente por todo el país. Hoy, la red nacional más grande es Feeding America, que coordina más de 200 bancos de comida y 60 000 despensas comunitarias.
Quiénes los manejan
En la práctica, la operación está en manos de organizaciones sin fines de lucro, iglesias, centros comunitarios y, en gran escala, Feeding America y otras redes locales. Estas instituciones reciben alimentos donados, los almacenan y los distribuyen mediante despensas barriales, comedores y programas móviles.
Beneficios para los comercios
Los supermercados, restaurantes y productores agrícolas que donan alimentos a los bancos reciben deducciones fiscales bajo el código tributario federal. Esto significa que, además de evitar el desperdicio y reforzar su imagen social, logran ventajas económicas directas. Grandes cadenas como Walmart, Kroger y Amazon Fresh son hoy donantes clave.
Apoyo gubernamental
El gobierno federal, principalmente a través del Departamento de Agricultura (USDA), destina fondos y alimentos excedentes mediante programas como The Emergency Food Assistance Program (TEFAP). Los estados complementan con subsidios logísticos, camiones refrigerados y apoyos de personal. En términos fiscales, los donantes también reciben alivios impositivos, lo cual fortalece el círculo de colaboración público-privada.
Quiénes se benefician
Se estima que más de 40 millones de estadounidenses dependen cada año de estos bancos de comida. En promedio, muchas familias pueden recoger paquetes dos veces al mes, que incluyen frutas, verduras, proteínas congeladas, pan y productos básicos. La demanda suele aumentar en épocas de crisis: recesiones, desastres naturales o pandemias.
Biden vs. Trump: ¿Quién apoyó más?
Durante la administración Trump (2017–2021), los bancos recibieron una inyección extraordinaria de fondos durante la pandemia de COVID-19, con programas de compra directa a agricultores (Farmers to Families Food Box Program). Aquello fortaleció temporalmente la red, pero también fue criticado por problemas de logística y desperdicio.
Con Biden (2021–2025), el enfoque ha sido más estable y de largo plazo: se ampliaron los presupuestos del USDA y se reforzó el programa SNAP (estampillas de comida). Sin embargo, el aumento de la inflación y del costo de vida ha hecho que la demanda sobre los bancos siga creciendo, y muchas familias sienten que hoy necesitan más ayuda que antes.
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Conclusión
Los bancos de comida son un mecanismo vital de solidaridad en Estados Unidos, puente entre el sector privado, el gobierno y la sociedad civil. Permiten que millones de hogares sobrevivan en tiempos difíciles. Más allá de la política, su permanencia es una prueba de que el hambre en el país más rico del mundo aún requiere soluciones colectivas, donde cada gobierno imprime su sello, pero el esfuerzo comunitario sigue siendo el motor principal.
Había una vez una pata que vivía orgullosa en el estanque de una granja. Entre sus crías, había una hija distinta. No era recordada por su bondad ni por su ternura, sino por su carácter difícil: era vanidosa, cruel con los demás, perversa en sus juegos, mentirosa cuando le convenía y siempre en busca de conflictos.
Los animalitos del corral —patos, gansos, guajolotes y gallinas de guinea— temían acercarse a ella. No porque fuera fuerte ni poderosa, sino porque sus palabras herían como espinas y sus actos sembraban discordia entre todos.
Nadie quiso darle un nombre, porque decían que nombrarla era darle importancia. Así que todos la llamaron simplemente la hija de Pata. Y así se le quedó, como un mote eterno que la acompañaba a todas partes.
Con el tiempo, el granjero tuvo una urgencia de dinero y vendió a la Pata madre. La hija de Pata se quedó sola en la granja, sin el amparo de su madre. Pero lejos de aprender humildad, su carácter se volvió aún más áspero.
Todos los animales del corral la rechazaban. Y ella, en vez de intentar ganarse su amistad, los despreciaba con más fuerza. Los consideraba indignos de su compañía, pensaba que no eran de su condición ni de su clase. Los llamaba sucios, desarreglados y corruptos. Así, cada día andaba sola, hablando sola, gritando y reprochando a los demás con odio y resentimiento.
Hasta que un día escuchó una noticia que cambió su ánimo: cerca de la granja se había instalado el circo más famoso y grande de la región. Su estrella principal era un elefante de color naranja, fuerte y majestuoso, al que todos admiraban por su poder y su inteligencia.
La hija de Pata sintió que ese era su destino. Pensó que allí, junto a criaturas poderosas, encontraría el lugar que siempre creyó merecer. Se arregló con exageración: aunque era bonita, se adornó demasiado, se perfumó, lustró sus mejores zapatillas y alisó cada pluma con esmero.
Sin despedirse ni mirar atrás, salió del corral rumbo al circo, convencida de que el elefante naranja la recibiría con los brazos abiertos.
Cuando llegó, quedó impresionada al ver la gran multitud que se había reunido para contemplar al elefante, la máxima estrella del espectáculo. Compró su boleto y se sentó en primera fila, moviendo sus plumas con coquetería.
El elefante apareció y la carpa entera estalló en aplausos. Apenas comenzó su espectáculo, notó a la hija de Pata y, entre acrobacias y gestos majestuosos, le lanzó miradas coquetas y hasta un guiño. Ella se abanicaba, reía nerviosa y se echaba aire como si fuera la reina del circo.
Antes de terminar el acto, el elefante se le acercó y, con discreción, murmuró: —Quiero verte en mi camerino cuando termine mi acto, preciosa. —Uy, está bien —respondió ella, ruborizada y encantada.
Al terminar el espectáculo, la hija de Pata caminó entre la multitud hasta el camerino del elefante. La puerta estaba adornada con una gran estrella y barras azules. Se arregló de nuevo las plumas, se perfumó discretamente y tocó la puerta con delicadeza.
Dentro, contó con voz temblorosa su triste historia: —Me quedé huérfana. Las aves del corral intrigaron para que el granjero vendiera a mi madre, y desde entonces estoy sola. Todos me tratan mal, me ponen apodos, me insultan y se burlan de mí. Hasta me roban la comida. Son aves malas y perversas.
Unas lágrimas rodaron por su mejilla. El elefante naranja quedó conmovido. —¿Por qué son tan malos contigo, si tú eres un ave hermosa, blanca, pura, honesta? Esos corruptos se las van a ver conmigo. Iré al corral y los aplastaré a todos. —¿De veras harías eso por mí? —dijo ella, coqueta, fingiendo ingenuidad. —Claro que lo haré —contestó él, convencido—. Mañana mismo estaré allí.
A la mañana siguiente, la hija de Pata abrió la puerta de la granja y la del corral, y luego se regresó a su casa a esperar. Ya no llevaba pestañas postizas, ni ropa bonita, ni maquillaje, ni sombrero elegante. Era otra vez una ave común, igual que todas las demás.
El elefante llegó disfrazado, con unos grandes lentes oscuros y un sombrero para que nadie lo descubriera mientras cometía una de sus fechorías. Entró al corral y comenzó a aplastar con furia a todas las aves. No le importaron los pollitos amarillos ni los huevos que aún no habían reventado. El corral se llenó de gritos, grasnidos y chillidos.
La hija de Pata reía y aplaudía, feliz de ver destrucción en su nombre. Pero en su júbilo no se dio cuenta de que el elefante se dirigía hacia ella… y la aplastó también.
No la reconoció. Porque él no había visto a una simple ave, sino a la criatura artificiosa que lo había seducido en el circo. Sin pestañas, sin maquillaje, sin disfraz, era solo una pata común.
El elefante, convencido de haber cumplido su cometido, se marchó satisfecho. Creía que pronto recibiría de la hija de Pata un gran premio. Pero cuando regresó al circo y la esperó, ella nunca apareció.
—Así son las mujeres —dijo fastidiado—, solo nos utilizan a los hombres.
Y se dedicó otra vez a sus ejercicios, a preparar sus rutinas y a brillar en el gran circo donde las multitudes lo aclamaban por su grandeza, su fuerza y su inconfundible color naranja.
Mientras tanto, en el corral quedaban solo restos de destrucción, y el espectáculo bajo la carpa seguía como si nada hubiera pasado.
Había una vez, en las profundidades del mar, un reino lleno de paz y armonía. Allí vivían las sirenas con sus familias: esposos valientes, hijos alegres y un rey justo que velaba por todos.
Entre ellas destacaba una sirena muy hermosa y femenina, de voz dulce y canto exquisito, que en los atardeceres salía a la orilla a cantar sobre las piedras. Su melodía encantaba a quienes la escuchaban.
Un día, llegó hasta allí una chica de la superficie. Era amargada y triste, y se quejaba de su vida. Al ver a la sirena, le habló con desprecio de su mundo: —“A mí no me gusta mi vida. No me gusta la familia, ni los niños, ni los hombres. Todo me choca.”
La sirena respondió con calma: —“Yo soy feliz en el fondo del mar. Tengo un esposo bueno y trabajador, y dos hijos que me alegran la vida. Somos una familia dichosa.”
La chica, con gesto de desprecio, sacó de su bolso una pulsera verde y se la entregó a la sirena. —“Póntela y verás el mundo de otra manera.”
La sirena aceptó, sin saber que aquel objeto llevaba un hechizo. Poco a poco, comenzó a cambiar. Dejó de cantar dulcemente y, envenenada por nuevas ideas, convenció a otras sirenas de abandonar sus hogares. “¡Vamos a luchar contra los hombres! ¡Tomaremos el reino para nosotras!”, gritaban.
El rey, entristecido, consultó a la bruja del mar. Ella le reveló: —“Ese no es su verdadero corazón. Todo viene de la pulsera verde. Allí está el hechizo que la engaña.”
El esposo de la sirena no dudó. Una noche, montado en un caballito de mar gigante, llegó hasta donde dormía su mujer, rodeada de las demás sirenas rebeldes. Con un tajo rápido de su cuchillo cortó la pulsera de trapo verde.
En ese instante, la sirena despertó de aquel sueño oscuro. El hechizo se rompió, y todas las demás también abrieron los ojos como quien vuelve de una pesadilla. “¿Qué hacemos aquí con armas de hombres? ¿Dónde están nuestros hijos, nuestros esposos?”, se preguntaban. Y regresaron nadando, llenando el reino de abrazos, lágrimas y cantos de alegría.
Pero la historia no terminó allí. La chica de la superficie volvió a buscar a la sirena y le preguntó: —“¿Lograste liberarte del yugo de los hombres del mar?”
La sirena, ya libre, le respondió: —“No. Yo soy muy feliz siendo esposa y madre. Ya no te escucharé más, porque tú eres mala.”
Entonces entonó un canto diferente. No era aquel canto dulce y exquisito, sino un canto furioso que hacía perder la razón. La chica comenzó a gritar, tomándose la cabeza. Y fue en ese momento que se reveló la verdad: tanto odiaba y le asustaba ser mujer, con su naturaleza femenina y hogareña, que en realidad se había convertido en un hombre.
Así terminó el hechizo de la pulsera verde. Y el mar volvió a brillar con paz, amor y armonía.
FIN
✍️ Cuentos Políticos por Alexa Capote, periodista transexual elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com
Alexa Capote es mi nombre artístico Periodista Transexual mi forma de expresión
Cuento: El Tributo
Había una vez un rey bueno y justo, amado por su pueblo. Era un hombre generoso, atento y sabio, que gobernaba un reino próspero, donde todos trabajaban con alegría y vivían en paz. En aquellas tierras, la belleza se reflejaba no sólo en los campos y las flores, sino también en los rostros de sus habitantes.
Pero desde lejanas tierras apareció un reino oscuro, gobernado por un jefe cruel y su ejército sanguinario. Ellos no sembraban ni trabajaban, vivían de la guerra y del saqueo. Iban de reino en reino arrebatando lo que más valoraban: a los jóvenes y a las doncellas.
A los jóvenes más fuertes los arrancaban de sus familias para enseñarles el arte de la guerra. Los moldeaban a golpes y castigos, hasta convertirlos en guerreros salvajes, tan crueles como sus captores. A las doncellas más hermosas las tomaban como botín. No buscaban en ellas esposas ni honor, sino concubinas y sirvientas, esclavas de los caprichos de los soldados.
Un día llegaron al pacífico reino del buen rey y exigieron un tributo terrible: cien jóvenes y cien doncellas cada año. El corazón del rey se llenó de tristeza, pero si se negaba, todo su pueblo sería destruido. Y así, la pena cayó sobre aquellas tierras.
El rey, desesperado, se reunió con los sabios del reino. Ellos preguntaron: —“¿Qué buscan en nuestros hijos? Fuerza. ¿Y qué buscan en nuestras hijas? Belleza. Entonces, ocultemos lo que ellos desean.”
Así lo hicieron. Los jóvenes dejaron de ejercitarse y comenzaron a engordar. Se mostraban torpes y perezosos, incapaces de correr o sostener un arma. Las doncellas se raparon la cabeza, vistieron harapos y dejaron de arreglarse. La hermosura del pueblo quedó escondida bajo un disfraz.
Cuando los malvados regresaron a reclamar el tributo, se llenaron de furia: —“¡Esto es un insulto! Estos jóvenes gordos y débiles no sirven ni para llevar una espada. Y estas mujeres feas y sucias no valen nada. ¡Jamás volveremos a perder el tiempo aquí!”
Y se marcharon. Nunca regresaron.
El rey y su pueblo celebraron, porque habían salvado a sus hijos e hijas. Con el tiempo, las doncellas dejaron crecer su cabello, los jóvenes recuperaron su fuerza, y el reino volvió a ser hermoso y próspero como siempre había sido.
Pero la historia no terminó ahí. Otros reinos también sufrían bajo la tiranía de aquellos sanguinarios. Entonces, cansados de tanto dolor, se unieron. Levantaron un gran ejército y marcharon juntos contra los malvados, hasta derrotarlos y borrarlos de la faz de la tierra.
Desde entonces, la paz volvió a reinar en aquellas tierras. Y todos recordaron que no siempre se vence con la espada: a veces, la astucia del pueblo y la unión de los reinos son la fuerza más poderosa contra los tiranos.
FIN
✍️ Cuentos Políticos por Alexa Capote, periodista transexual elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com
Había una vez un anciano de cabellos blancos, testarudo como el roble que no se doblega al viento. Su corazón, aunque cansado, latía con una necedad que pocos podían comprender. Desde joven había soñado con una casa enorme, majestuosa, antigua como las leyendas que susurran las paredes de piedra. Esa casa era su obsesión, su delirio, su horizonte.
Tras años de sacrificios, renuncias y desvelos, por fin logró comprarla. La llamó con ternura “La Casa Buena”, convencido de que en ella encontraría la paz de su vejez. Llevó a su familia: una esposa dulce, abnegada, culta, y unos hijos estudiosos y limpios, que compartieron con él el sueño de habitar en aquel palacio de sombras y ecos.
Al principio todo parecía perfecto. Pero pronto descubrieron que la Casa Buena estaba infestada: ratas que se devoraban entre sí, cucarachas que se desbordaban al apagarse la luz, chinches y pulgas que atacaban en la penumbra de la noche, serpientes que se deslizaban silenciosas para después matarse unas a otras en una danza venenosa.
La esposa, paciente, barría cadáveres de ratas al amanecer y ocultaba su cansancio detrás de sonrisas tristes. Los hijos, con la piel marcada por las picaduras, comenzaron a perder el sueño y la calma. En la escuela, la miseria salió a la luz: un niño vio cómo de la ropa de uno de los pequeños de la Casa Buena caía una chinche gorda y roja de sangre. Los compañeros rieron, el niño golpeó en su furia, y la vergüenza manchó su nombre.
La madre fue llamada a la dirección. Confesó la plaga y escuchó un ofrecimiento: un padre de familia dueño de una empresa de fumigación podía ayudar. Solo bastaba pedirlo. Pero la mujer sabía que el anciano nunca aceptaría.
Y así fue. Cuando ella lo suplicó, el hombre estalló: —¡Jamás permitiré que extraños invadan mi casa! ¡Me costó toda una vida tenerla! ¡Es nuestra, y aquí no entrará nadie! Esos animalitos son criaturas de Dios… también tienen derecho a vivir.
La esposa guardó silencio, pero sus lágrimas caían en secreto. Los hijos, resignados, callaban también.
Un día llegaron hasta la puerta los fumigadores con su camión, llenos de entusiasmo por ayudar.Los encabezaba un hombre blanco,alto mayor cuyo cabello tan rubio y delgado tiraba al color naranja del atardecer . El anciano los corrió a gritos. La mujer, desde la sala, vio cómo se alejaban confundidos. Y esa noche escribió una carta.
Cuando el hombre volvió del trabajo, halló la casa vacía. —¿Dónde están? —gritó, buscando voces que no respondían. Sobre la mesa encontró la carta: su esposa le decía que se marchaban, que no podían seguir viviendo entre alimañas, que el amor no podía sobrevivir a tanta necedad.
El anciano lloró, desconsolado. Y entonces, como si lo comprendieran, las alimañas comenzaron a salir de sus madrigueras. Ratas, insectos, serpientes se acercaron con cautela y, viendo su dolor, se apiñaron a su alrededor. Se quedó dormido entre sollozos, protegido únicamente por aquella corte inmunda.
Al amanecer, alguien llamó a la puerta. El viejo corrió esperanzado, creyendo que era su familia. Pero allí estaba una mujer elegante, delgada, de porte fuerte, con el cabello recogido en una rala cola de caballo. Tras ella se erguía un hombre alto de cabello negro y espeso, imponente, con la presencia de un héroe.
—Vengo a comprar esta casa —dijo la mujer con firmeza.
El anciano, con el corazón rendido, la dejó pasar. Las alimañas se estremecieron y retrocedieron, porque por primera vez sintieron miedo. Una nueva guardiana había llegado a la Casa Buena.