¿Será que el pueblo de México ya mutó al síndrome de Estocolmo desde una perspectiva geopolítica?
Por Alexa Capote Periodista Transexual
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El síndrome de Estocolmo es ese fenómeno perverso en el que el secuestrado, como mecanismo de supervivencia, termina desarrollando una relación compleja con su captor: una mezcla de respeto, odio, miedo, terror y obediencia que, con el tiempo, se transforma en algo parecido al amor o la admiración hacia quien lo humilla, somete y esclaviza.
Pues bien, miren a México.
El pueblo mexicano ya no solo convive con la violencia y la inseguridad: la ha normalizado como parte inevitable de la vida diaria. Los crímenes, las extorsiones, las masacres, los secuestros y los entierros colectivos ya no generan indignación real, solo resignación y el clásico “así son las cosas”. Es el nuevo normal. Y lo más grave: muchos ya no quieren que nadie venga a romper ese yugo.
Porque de cierta manera, el secuestrador se convirtió en ídolo.
Los capos, los sicarios y los líderes de cárteles y recién políticos del actual gobierno de Claudia Sheinbaum.Son vistos como héroes populares y modelos de éxito. Los corridos tumbados narran con orgullo cómo se vive del crimen y cómo se impone por la fuerza. Los jóvenes ya no sueñan con ser profesionales honestos, sino con “ser como el patrón”, con la troca blindada, las cadenas de oro y el poder que se gana a balazos.
Y las niñas y señoritas aspiran a ser la buchona: la mujer del jefe, la que disfruta del lujo pagado con sangre y miedo ajeno. Ya no es motivo de vergüenza, sino de envidia social.
Esto ha dejado de ser solo un problema de seguridad. Se ha convertido en un síndrome de Estocolmo colectivo a escala nacional. El pueblo secuestrado defiende, justifica o minimiza a sus captores. Cualquier crítica al crimen organizado es respondida con “Donde están las pruebas » las ya trilladas carpetas de investigación” o “Asi estaban antes o estaban peor”. Cualquier intento serio de romper ese poder es visto con desconfianza, porque aceptar la realidad implicaría reconocer que han estado y abrazan al verdugo durante años.
Y en ese círculo perverso no pueden faltar los políticos del gobierno de la 4ta transformación. Ahí están los recién señalados por el Departamento de Estado de Estados Unidos: el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y otros altos funcionarios que faltan . Acusados de colaborar directamente con el Cártel de Sinaloa, de proteger rutas, cobrar mordidas y entregar al pueblo como botín. Estos son los supuestos representantes populares que en realidad forman parte del mismo secuestro: blindan a los capos desde el poder, les otorgan impunidad y convierten el gobierno en una extensión del narco. Traidores con fuero que han vendido al Estado y a sus gobernados.
Desde una perspectiva geopolítica, esto resulta profundamente inquietante. Un país donde la población romantiza al narco y sus propios políticos son señalados como socios operativos del cártel es un país que no necesita ser conquistado por la fuerza. Se controla fácilmente a través de proxies locales, mientras la gente, en Estocolmo colectivo, aplaude, calla o baila al ritmo de sus propias cadenas.
México no está fallando solo por malos gobiernos. Está fallando porque gran parte de su pueblo ha desarrollado vía medios y redes un apego emocional y cultural hacia sus opresores. Ha mutado. Ya no quiere ser rescatado ni invadido. Prefiere seguir besando la mano que lo asesina.
Y mientras ese síndrome no se rompa, no habrá solución real. Porque el primer paso para salir del secuestro es dejar de amar al secuestrador.
«SÍNDROME DEL ESELCOLMO DEL BIENESTAR «
