Para AMLO con mucho amor …

«Amor el Cisne del Pantano»                            
En un lago olvidado, rodeado de juncos podridos y agua negra como el pecado, vivía un cisne. Blanco como la nieve de diciembre, noble de corazón, pero necio como una mula empecinada. Se llamaba Amor, y su plumaje brillaba incluso bajo el sol turbio. «Yo traigo paz», decía, extendiendo el cuello con gracia. Pero el pantano era su hogar, y él se aferraba a él como a un viejo amigo traidor.
Allí chapoteaban dos cerdos. Canallas de hocico rosado y ojos ladinos. Eran hermanos de lodo: el mayor, Gordo, robaba huevos de nidos ajenos y los vendía en el mercado negro del río. El menor, Chato, falsificaba mapas para guiar a los peces a trampas, y luego se emborrachaba con el vino de las bayas robadas. Cometían toda clase de delitos a la vista de todos. Gritaban sus planes al viento, salpicando barro con risas roncas. «¡Nadie nos toca aquí!», berreaban, mientras hundían sus pezuñas en la pudrición.
Amor los veía. Claro que los veía. Sus ojos azules captaban cada robo, cada mentira. Pero fingía no darse cuenta. «Son mis amigos», se decía. «El pantano es grande, hay espacio para todos». Les dejaba ser…dos. Compartía el agua sucia, ignoraba los gruñidos nocturnos. «La paz primero», repetía, como un mantra torpe. Los cerdos seguían llenos de lodo, cada día más gordos, más sucios. El pantano apestaba a corrupción, y el hedor subía hasta las nubes.
Un día, el cisne decidió irse ,cruzar el pantano. No por huir , sino por orgullo. «Verán mi pureza», pensó. Nadó despacio, alas plegadas, cuello erguido. El lodo intentaba mancharlo: algas viscosas se enredaban en sus patas, burbujas de podredumbre estallaban a su lado. Pero su plumaje resistió. Quedó intacto, blanco como la espuma del mar enfurecido, como perlas escondidas en conchas rotas. Brillaba entre el fango, un faro en la mugre. Los patos del borde lo miraron boquiabiertos. «¡Milagro!», graznaron.
Los cerdos lo vieron desde la orilla. Gordo escupió un trozo de raíz robada. «Mira al santurrón», gruñó Chato. «Pasa limpio, pero vivia con nosotros». Y tenían razón. El cisne había elegido el pantano. Lo protegió con su silencio, con su necedad. Fingió ceguera ante los robos, ante la ruina que crecía como maleza. No levantó el ala para detenerlos. No voló lejos a tiempo.
Al atardecer, el pantano se revolvió. Una tormenta de justicia llegó: raíces retorcidas, como manos de la ley, arrastraron a los cerdos al fondo. Se ahogaron en su propio lodo, chillando promesas rotas. Amor intentó volar, pero sus alas, aunque blancas, estaban pesadas de culpa. El viento lo traicionó. Cayó con ellos, blanco entre el negro. «¡Yo no hice nada malo!», graznó. Pero el pantano no perdona a los que miran para otro lado. Lo cubrió todo: su nobleza, su necedad. Quedó igual de sucio que los malvados.
Y así termina el cuento del pantano. Muestra a un presidente torpe y necio, de cuello largo y promesas blancas, que protegió la corrupción con omisiones y sonrisas fingidas. Hizo caso omiso, dejó que los cerdos chapotearan en el palacio. Con el tiempo, todo sale a flote: los robos, las mentiras, el hedor. Lo señalan como cómplice, no por robar él mismo, sino por estar ahí, en el centro, sin mover un ala para detenerlo. La pureza no basta si eliges el lodo. La paz verdadera pide valor, no silencio.
Alexa Capote
Periodista Transexual Independiente   elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com
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