El Malacopa de Palacio

El Malacopa de  Palacio
Por Alexa Capote, Periodista Transexual
elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com
Había una vez, en los laberintos de la Ciudad de México —donde las calles empedradas del Centro Histórico besan los pies de palacios que olían a oro y mentiras—, un hombre muy pobre, muy trabajador y muy bueno. Se llamaba Don Pacorro, y aunque el alcohol era su sombra fiel, responsable como un reloj viejo, llegaba a casa con el bolsillo raído pero el corazón entero. Ganaba migajas en una fábrica que devoraba dedos por salarios de hambre, y su esposa, Doña Rosa, vendía quesadillas afuera de una vecindad mugrienta: un cuartucho donde malvivían con dos niños pequeños. El mayor correteaba como un diablito descalzo; el menor, enclenque y desnutrido, no caminaba, atado a una silla de mimbre que crujía como un lamento. Paco, que sabía de mecánica como un brujo de motores, arreglaba autos a escondidas para tapar los agujeros del mes.
Aquella tarde, terminó su turno en la fábrica con el cuerpo hecho trizas, pero el alma ligera: un cliente adinerado lo había contratado para componer un auto reluciente, y le pagó con billetes que olían a esperanza. «¡Hoy comemos carne, Rosa! ¡Y leche para el chiquito!», pensó, mientras el sol se hundía en el caos del Metro. Pero la felicidad, traidora, lo desvió a una cantina del Centro: esas cuevas de neón y mariachi donde el pulque fluye como río de olvido. Se pasó de copas, riendo con extraños, porque llevaba dinero para su familia. De pronto, un arremolinamiento de flashes y murmullos: en medio, una mujer hermosa, rodeada de guardaespaldas y sonrisas prestadas. Era ella, la Presidenta, la que Paco admiraba como a una santa laica —su fan desde las campañas, con el respeto y cariño que todo el pueblo le guarda, como un abrazo colectivo a la esperanza.
Emocionado, con el teléfono barato temblando en la mano, corrió por una selfie. Pero el alcohol, ese diablo juguetón, lo impulsó más: la abrazó, un gesto torpe de pura devoción, como quien abraza a una madre lejana. La Presidenta, amable y serena, lo apartó con gentileza —»Tranquilo, amigo»—, notando su aliento a tequila y su mirada de perro fiel. Paco, feliz en su nube, siguió tambaleando por los callejones, soñando con quesadillas calientes y un futuro menos raquítico.
Pero los lambiscones de palacio —esos ratones de corbata que custodian el poder como buitres un cadáver— no lo vieron así. «¡Cómo se atreve un borracho asqueroso a toquetear a la mujer más importante del continente!», furibundos, casi obligaron a la Presidenta a actuar. Ella, humana en el fondo, dudó: sabía que los ebrios bailan con demonios que no son suyos, que un abrazo impulsivo no es agresión. Pero las circunstancias —las sombras del cargo, los flashes que no perdonan— la convencieron a medias. Paco fue atrapado esa noche, esposado como un ladrón de sueños, y arrojado a una celda fría donde el eco de las rejas ahoga esperanzas.
Doña Rosa esperó en vano. Paco jamás faltaba, aunque llegara con el paso torcido. Al amanecer, la tele escupió la noticia: «Hombre ebrio manosea a la Presidenta; arrestado por seguridad nacional». Ella lloró hasta secarse los ojos, abrazando a los niños. El mayor preguntaba por papá; el menor, con fiebre subiendo como un volcán, gemía en su silla. «¿Y ahora? ¿Quién nos cura? ¿Quién trae el pan?». Sabía que Paco se pudriría en esa cárcel de asesinos y olvidados —tal vez de por vida, por un segundo de admiración ciega. Una familia destrozada por un error que el pueblo entiende, pero el poder castiga.
Esa noche, en los salones de Palacio —donde los candelabros brillan pero el sueño se evade como humo—, la Presidenta no conciliaba el sueño. El abrazo torpe la rondaba, un fantasma de carne y hueso. Al fin, el agotamiento la venció, y cayó en un sueño raro, como un cuento que el subconsciente teje con espinas.
Se vio pequeñita, una niña de trenzas en un patio de tierra, cuando una rata asquerosa emergió de las sombras: ojos rojos como carbones, pelaje mugriento como los callejones. «Hola», chilló la rata. «Te voy a llevar a un mundo que no conoces». «¡Lárgate!», espetó la niña-Presidenta. «¡Eres una asquerosa! No trato con ratas». «Un momento», replicó la rata con voz de viejo sabio. «Puedo enseñarte cosas, aunque sea asquerosa. Y recuerda: en Palacio viven muchas ratas, vestidas de traje, royendo desde adentro».
De pronto, la niña se halló montada en el lomo de la rata, galopando fuera de los muros dorados, por callejones que apestaban a pobreza y promesas rotas. Se metieron en un cuartucho lúgubre: Doña Rosa lloraba hecha un ovillo, los niños acurrucados como gatitos heridos. El menor ardía en fiebre, la piel pegajosa de sudor y hambre, gimiendo por un padre que no volvía. «No tengo ni para la medicina», sollozaba Rosa. «¿Qué les pasa?», preguntó la niña a la rata, con el estómago revuelto. «Es el hombre aquel —el borracho asqueroso que te tocó—, ahora pudriéndose en la cárcel donde se va a marchitar. Y su familia… se deshace como papel mojado».
«No… no puedo permitirlo», murmuró la niña, y el grito brotó como un río: «¡No puedo! ¡Es un error, un segundo de borrachera impulsado por amor al pueblo! ¡Tiene esposa, hijos, una vida que no merece pudrirse por admirarme!». El cuarto se disolvió en llanto, y la rata susurró: «El poder no perdona, pero el corazón… el corazón sí. ¿Cuántas ratas en Palacio te dirían lo contrario?».
Despertó sudando, con el eco de gemidos en los oídos. Al alba, con el peso de ese «qué pasaría si» oprimiéndole el pecho —un punto de vista humilde, solo una reflexión de quien ve el mundo desde abajo—, exigió y otorgó el perdón por amor a su gente, que tanto la ama y respeta, antes que la injusta venganza por falsa formalidad. «No es justo», dijo a sus asesores, ignorando sus miradas de serpiente. «Un hombre pobre, fan del pueblo, no pierde todo por un abrazo ebrio. Reflexionemos: ¿y si fuera mi padre, mi hermano? El México que amo perdona, no castiga por apariencias».
La noticia corrió como pólvora por las redes y los mercados: «Presidenta libera al ‘malacopa’ por compasión». Las ratas de Palacio —esos lambiscones furiosos, con planes de escándalo en la manga— se enojaron a mandíbula batiente, royendo en secreto. Pero el pueblo… ay, el pueblo la vio humana, sensible, una que ama de verdad a los suyos, sobre todo a los más pobres. Ese gesto, nacido de un sueño y una duda honesta, la coronó no con oro, sino con cariño genuino. Y así, en este «qué pasaría si» que imagino con respeto —solo un susurro de esperanza—, se erigió como la mejor Presidenta que el país haya tenido: no una diosa intocable, sino una mujer que, al reflexionar, elige el perdón sobre la formalidad vacía.
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