El asesinato de John Torneo: la verdad que no quieren que digas en voz alta
Por Alexa Capote
elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com
Un enfermero jubilado de 67 años profesión tipica en la comunidad gay— abre la puerta de su casa a un chico blanco americano, 19 años, guapísimo, cara y cuerpo de modelo de Abercrombie & Fitch, de esos que aparecen en los catálogos con la piel bronceada y la mirada perdida. Lo recoge, lo mete en su casa, lo mantiene. Meses después lo bota porque no pone un centavo y vive como rey,sin siquiera lavar un calcetin. El muchacho regresa de noche, entra por la ventana y mata al hombre con tanta saña y odio que rebasa cualquier guión sádico sanguinario .
Y la versión oficial, bendecida por el sheriff republicano y repetida como loro por los medios locales: “fue por la renta”. Nada más?
¿En serio?
Ese odio no lo genera un papelito de desalojo. Ese odio lo genera alguien que se sintió botado, humillado, rechazado en algo mucho más hondo que el dinero. Pero ni una sola línea oficial se atreve a rozar la posibilidad de que entre el viejo y el chico hubiera algo más que caridad cristiana. Ni media palabra. Como si pronunciar “gay” fuera a hacer explotar el estado entero o a darle munición gratis a los que critican tan dura y despiadadamente las políticas del gobierno Trumpista contra lo “woke”.
Tampoco se menciona —claro que no— que Florida sigue inundada de pastillas y cristal que entran por todos lados aunque juren que el muro anticarteles mar y tierra ya lo está frenando . Miles de chicos blancos, hermosísimos, idénticos a este Julian Treviño, terminan enganchados, consumiendo todos los días, viviendo de favor con quien les pague la dosis a cambio de «compañía»… hasta que un día la «compañía» dice “se acabó” y el infierno estalla.
Pero eso no se puede decir. Mejor vender el crimen como una lección barata de “no confíes en extraños”. Así nadie pregunta por la soledad de ciertos hombres mayores, nadie pregunta por los chicos con futuros rotos que la droga convierte en suicidas o asesinos, y sobre todo nadie puede usar este cadáver para recordarle al gobierno que su guerra cultural a veces termina tapando las fallas de los suyos.
Al pueblo americano que votó por Trump, que confió ciegamente, que entregó su voto con la esperanza de mano dura y verdad sin adornos, no se le miente. No se le engaña. No se le gana jugando sucio y escondiendo lo que incomoda. Porque cuando se ocultan estas cosas para “proteger la imagen”, el que pierde no es el otro bando: pierde el pueblo que creyó que esta vez sí le iban a hablar claro y a proteger.
Y los muertos, mientras tanto, se quedan sin que nadie diga la verdad completa.
Alexa Capote Periodista Transexual
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