El Odio al Humano: ¿Fruto del Adoctrinamiento Woke y un Peligro Político Latente?
Por Alexa Capote
Periodista transexual
elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com
En ciertos círculos progresistas estadounidenses ya no basta con denunciar el capitalismo, el colonialismo o el patriarcado. El enemigo definitivo ha pasado a ser la especie humana en su totalidad.
El Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (VHEMT) lleva décadas sosteniendo que la única solución ética al desastre ecológico es la desaparición completa del Homo sapiens mediante la abstención reproductiva absoluta. Lo que en los noventa parecía una excentricidad marginal hoy resuena en miles de cuentas de TikTok, subreddits y grupos de Discord. “Los humanos somos un cáncer”, “el planeta respira cuando morimos”, “tener hijos es violencia especista” son consignas que se repiten con naturalidad entre adolescentes y universitarios que se identifican como ecosocialistas, anarquistas queer o simplemente “antinatalistas éticos”.
Este salto no es casual. Durante quince años, amplios sectores de la academia y los medios han instalado la idea de que el ser humano no es un animal perfectible, sino una plaga ontológicamente culpable. El cambio climático deja de ser un desafío técnico para convertirse en la prueba definitiva de una maldad inherente a la especie. La culpa ya no se reparte por clases, razas o géneros; se reparte por existir.
El resultado es una misantropía que se disfraza de empatía planetaria. El humanismo, esa tradición que ponía al ser humano en el centro del valor moral, aparece ahora como arrogancia especista. En su lugar se impone un animalismo radical: el dolor de una vaca en un matadero pesa más que el de un niño en un hospital de Gaza, la extinción voluntaria se presenta como el último acto de bondad posible.
A esa narrativa se le añade el combustible químico. Estados Unidos vive la mayor epidemia de adicciones de su historia: opioides sintéticos, ketamina, cannabis de laboratorio y psicodélicos “terapéuticos” circulan con una aceptación cultural que hace veinte años era impensable. Un cerebro joven, saturado de culpa existencial y alterado por sustancias, encuentra en la idea de la extinción una coherencia casi mística.
El riesgo político es evidente. La historia muestra que cuando una ideología convierte a toda una categoría de personas (en este caso, la totalidad de la humanidad) en el enemigo absoluto, el paso del discurso al acto violento es más corto de lo que se cree. Ya existen precedentes: eco-terroristas que incendian laboratorios, sabotajes a redes eléctricas “por el clima”, ataques a centros de reproducción asistida. La diferencia es que ahora el blanco no es una corporación ni un gobierno, sino la reproducción misma de la especie.
No se trata de un puñado de locos aislados. Es un estado de ánimo colectivo que se incuba en aulas, redes sociales y festivales de música alternativa. Es el triunfo definitivo del nihilismo envuelto en lenguaje de justicia.
Contrarrestar esto exige algo más que datos sobre energías renovables o avances médicos. Exige recuperar el orgullo de ser humanos: la capacidad de crear belleza, de reparar errores, de cuidar al otro aunque también destruya. Exige volver a poner al ser humano (con todas sus contradicciones) en el centro del relato.
Porque cuando una generación aprende a odiar lo que es, tarde o temprano alguien decide que la solución más compasiva es dejar de ser.
Alexa Capote
Periodista transexual independiente
Sus textos buscan incomodar y abrir debate.





