La corona robada: cuando el clasismo y el complejo colonial deciden quién representa a África
En Costa de Marfil, una joven humilde llamada Fátima Koné, negra, bellísima y de origen sencillo, ganó de manera limpia el concurso nacional de Miss Costa de Marfil 2025. Su victoria fue clara: arrasó tanto en la votación del jurado como en la del público el pasado 30 de junio.
Sin embargo, días después, la organización decidió —de forma arbitraria, sin transparencia y sin asumir responsabilidades— retirarle la corona y su derecho a representar al país en Miss Universo 2025. En su lugar designaron a Olivia Yacé, una mujer igualmente hermosa, pero proveniente de una familia de élite, educada entre París y Estados Unidos, políglota y con esa apariencia “internacional” que suele ser más aceptada en el exterior.
El mensaje implícito fue duro y dolorosamente claro:
una mujer negra, humilde y sin apellido poderoso no es considerada “adecuada” para representar a Costa de Marfil.
Para la élite, la representante ideal es aquella que proyecta una imagen “de lujo”, con capital cultural europeo y un origen acomodado que maquille la realidad del país.
Este fenómeno no es nuevo. Es parte del mismo complejo colonial que arrastramos desde hace siglos: avergonzarnos de la pobreza, de la negritud profunda, de los acentos locales, de las raíces indígenas o africanas más visibles. Preferimos esconder a la gente real para colocar en el escenario a la hija de la élite, como si eso diluyera los problemas estructurales.
Entonces surge la pregunta incómoda:
¿Por qué seguimos permitiendo que los concursos nacionales sean vitrinas de blanqueamiento social?
¿Por qué una mujer negra, morena o de origen humilde solo parece “digna” de llevar la banda de su país si cumple con estándares impuestos desde el extranjero: dinero, piel más clara, educación europea y un cuerpo moldeado por privilegios?
La verdadera representación sería transformadora: que el mundo viera a una Miss Costa de Marfil —o de cualquier país latinoamericano o africano— como Fátima Koné, que camina entre su gente, que toma transporte público abarrotado, que creció en Treichville, Yopougon o en un pueblo latinoamericano, que quizá no hable un inglés perfecto pero sí domina el nouchi, el dioula u otra lengua indígena… y sobre todo, domina la resiliencia.
Esas son las mujeres que realmente representan a millones de hermanas negras, morenas, asiáticas y de todos los orígenes humildes que jamás tendrán un cirujano plástico o clases de pasarela, pero que sostienen a sus países con su trabajo y su fuerza diaria.
Porque no, no todas las mujeres somos altas, flaquísimas y de piel “claro–aceptable”.
La mayoría somos negras, morenas, amarillas, bajitas o rellenitas; con estrías del trabajo duro o de la maternidad; con el cabello corto porque no alcanza para trenzas carísimas; con sonrisas amplias y miradas que nunca se rinden. Esa también es belleza. Y esa belleza también merece una corona.
El problema no es que Olivia Yacé sea hermosa y preparada —lo es, y nadie lo discute—.
El problema es que se privó a Fátima de un triunfo legítimo por prejuicios clasistas y raciales que aún gobiernan decisiones importantes en nuestros países.
A Fátima Koné: reina, tú ya ganaste.
Tu corona no depende de un comité cuestionado; te la colocó tu pueblo el día que te vio brillar siendo exactamente quien eres: una mujer negra, humilde y poderosa.
Y a quienes sienten temor de ver a mujeres como nosotras coronadas, visibles y orgullosas: que aprendan a aceptar que la dignidad no tiene precio ni apellidos.
Porque todas, absolutamente todas, somos valiosas y bellas por el simple hecho de ser mujeres.
Alexa Capote
Periodista transexual
elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com





