El insulto machista tercermundero

El insulto de llamar “mujer” a un hombre: reflejo de un machismo tercermundista

Por Alexa Capote, Periodista Transexual

En el debate político de muchos países, todavía se observa un fenómeno lamentable y revelador: cuando un servidor público varón es cuestionado, no faltan las voces que, en vez de criticar su desempeño o sus decisiones, recurren al insulto de llamarlo “mujer”. Esa práctica, aparentemente inofensiva para algunos, no sólo degrada el nivel de la discusión política, sino que refleja un machismo profundo, un atraso cultural que convierte lo femenino en sinónimo de ofensa.

Llamar “mujer” como estrategia de desprestigio

La escena se repite en diferentes latitudes: congresos, cabildos, mítines o debates televisados. En lugar de argumentar con cifras, con propuestas o con resultados, algunos opositores eligen el camino corto y cobarde: la descalificación basada en estereotipos de género.
El recurso es claro: si se llama “mujer” a un hombre, se le rebaja, se le despoja de autoridad simbólicamente. En esa lógica, lo femenino se convierte en un estado inferior, un espacio de menos poder.

Esto no es sólo una muestra de la pobreza argumental de quienes recurren al insulto: es una forma de violencia simbólica que, en el fondo, agrede a todas las mujeres. Porque el mensaje implícito es devastador: ser mujer es algo indigno, algo de lo que un hombre debería sentirse avergonzado.

La política latinoamericana y el peso del machismo

En América Latina —aunque no únicamente— el lenguaje político sigue impregnado de machismo. Expresiones como “ese no es hombre”, “parece vieja”, “es maricón” o “le falta pantalón” son utilizadas para ridiculizar a políticos en funciones o a candidatos. En México, en Centroamérica, en el Caribe y hasta en Sudamérica, este patrón se repite.

El insulto nunca cuestiona la gestión, los resultados, la transparencia o las propuestas: se limita a atacar la supuesta falta de masculinidad del adversario. Y en esa carencia, se equipara a la mujer como el símbolo de lo débil, de lo risible, de lo indeseable.
¿Y qué ocurre? Que la discusión pública se degrada, los problemas reales quedan invisibles y la misoginia sigue normalizada como herramienta política.

Lo que se invisibiliza cuando lo femenino es insulto

El hecho de usar a la mujer como insulto revela dos cosas: la minusvaloración histórica de lo femenino y el temor al cuestionamiento serio. Cada vez que un hombre es llamado “mujer” como forma de ofensa, lo que realmente se está transmitiendo es que las mujeres son un peldaño inferior en la escala social y política.

Esto resulta inaceptable cuando observamos que en el mundo actual las mujeres ocupan cargos de primer nivel en la política, la ciencia, la economía y la cultura. Mujeres presidentas, ministras, académicas, empresarias y artistas que sostienen, con hechos, que la supuesta “inferioridad” femenina no es más que un prejuicio arcaico.

Convertir lo femenino en insulto es, entonces, una forma de borrar esos logros y de perpetuar un lenguaje que refuerza la desigualdad.

El verdadero debate que necesitamos

Si un político falla, debe criticársele por eso: por fallar. Si un servidor público incurre en corrupción, en negligencia o en incapacidad, es su gestión lo que debe cuestionarse. Si acierta, es su mérito lo que debe reconocerse.

La ciudadanía necesita un debate político de altura, basado en ideas, en proyectos, en compromisos y en resultados. Cada vez que se recurre al insulto de género, lo único que se demuestra es incapacidad para enfrentar con argumentos a un adversario. Se insulta porque no se puede debatir. Se degrada porque no se sabe responder con razones.

Una práctica que atrasa y avergüenza

Mientras en otros países se avanza hacia un lenguaje incluyente, hacia la igualdad de género y hacia el respeto de la diversidad, en muchas naciones tercermundistas seguimos atrapados en la mentalidad medieval de creer que llamar “mujer” a un hombre lo rebaja.
El problema no es sólo que se insulte a un servidor público. El problema es que se perpetúa la idea de que la mujer es algo menos.

La verdadera ofensa, entonces, no recae en el hombre insultado, sino en todas las mujeres a las que se les envía el mensaje de que su identidad puede usarse como arma para humillar.

Hacia un nuevo lenguaje político

La política necesita madurar. Y para hacerlo, requiere desterrar de una vez por todas las expresiones machistas que han contaminado el debate público por siglos. Llamar “mujer” a un hombre no dice nada sobre su capacidad, pero sí dice mucho sobre la cultura de quien lo insulta: atraso, misoginia, falta de respeto.

El verdadero progreso llegará cuando comprendamos que la mujer no es insulto, que lo femenino no es carencia, y que la dignidad humana no se mide en términos de género.                    
Disponible en elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com

Publicado por AlexaCapotePeriodistaTransexual

periodista transexual independiente y mona.Sueno incomoda por no entrar en el sistema corrupto de control de pensadores libres democráticos ni objetivos.

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