La hija de Pata
Fábula por Alexa Capote, Periodista Transexual
Había una vez una pata que vivía orgullosa en el estanque de una granja. Entre sus crías, había una hija distinta. No era recordada por su bondad ni por su ternura, sino por su carácter difícil: era vanidosa, cruel con los demás, perversa en sus juegos, mentirosa cuando le convenía y siempre en busca de conflictos.
Los animalitos del corral —patos, gansos, guajolotes y gallinas de guinea— temían acercarse a ella. No porque fuera fuerte ni poderosa, sino porque sus palabras herían como espinas y sus actos sembraban discordia entre todos.
Nadie quiso darle un nombre, porque decían que nombrarla era darle importancia. Así que todos la llamaron simplemente la hija de Pata. Y así se le quedó, como un mote eterno que la acompañaba a todas partes.
Con el tiempo, el granjero tuvo una urgencia de dinero y vendió a la Pata madre. La hija de Pata se quedó sola en la granja, sin el amparo de su madre. Pero lejos de aprender humildad, su carácter se volvió aún más áspero.
Todos los animales del corral la rechazaban. Y ella, en vez de intentar ganarse su amistad, los despreciaba con más fuerza. Los consideraba indignos de su compañía, pensaba que no eran de su condición ni de su clase. Los llamaba sucios, desarreglados y corruptos. Así, cada día andaba sola, hablando sola, gritando y reprochando a los demás con odio y resentimiento.
Hasta que un día escuchó una noticia que cambió su ánimo: cerca de la granja se había instalado el circo más famoso y grande de la región. Su estrella principal era un elefante de color naranja, fuerte y majestuoso, al que todos admiraban por su poder y su inteligencia.
La hija de Pata sintió que ese era su destino. Pensó que allí, junto a criaturas poderosas, encontraría el lugar que siempre creyó merecer. Se arregló con exageración: aunque era bonita, se adornó demasiado, se perfumó, lustró sus mejores zapatillas y alisó cada pluma con esmero.
Sin despedirse ni mirar atrás, salió del corral rumbo al circo, convencida de que el elefante naranja la recibiría con los brazos abiertos.
Cuando llegó, quedó impresionada al ver la gran multitud que se había reunido para contemplar al elefante, la máxima estrella del espectáculo. Compró su boleto y se sentó en primera fila, moviendo sus plumas con coquetería.
El elefante apareció y la carpa entera estalló en aplausos. Apenas comenzó su espectáculo, notó a la hija de Pata y, entre acrobacias y gestos majestuosos, le lanzó miradas coquetas y hasta un guiño. Ella se abanicaba, reía nerviosa y se echaba aire como si fuera la reina del circo.
Antes de terminar el acto, el elefante se le acercó y, con discreción, murmuró:
—Quiero verte en mi camerino cuando termine mi acto, preciosa.
—Uy, está bien —respondió ella, ruborizada y encantada.
Al terminar el espectáculo, la hija de Pata caminó entre la multitud hasta el camerino del elefante. La puerta estaba adornada con una gran estrella y barras azules. Se arregló de nuevo las plumas, se perfumó discretamente y tocó la puerta con delicadeza.
Dentro, contó con voz temblorosa su triste historia:
—Me quedé huérfana. Las aves del corral intrigaron para que el granjero vendiera a mi madre, y desde entonces estoy sola. Todos me tratan mal, me ponen apodos, me insultan y se burlan de mí. Hasta me roban la comida. Son aves malas y perversas.
Unas lágrimas rodaron por su mejilla. El elefante naranja quedó conmovido.
—¿Por qué son tan malos contigo, si tú eres un ave hermosa, blanca, pura, honesta? Esos corruptos se las van a ver conmigo. Iré al corral y los aplastaré a todos.
—¿De veras harías eso por mí? —dijo ella, coqueta, fingiendo ingenuidad.
—Claro que lo haré —contestó él, convencido—. Mañana mismo estaré allí.
A la mañana siguiente, la hija de Pata abrió la puerta de la granja y la del corral, y luego se regresó a su casa a esperar. Ya no llevaba pestañas postizas, ni ropa bonita, ni maquillaje, ni sombrero elegante. Era otra vez una ave común, igual que todas las demás.
El elefante llegó disfrazado, con unos grandes lentes oscuros y un sombrero para que nadie lo descubriera mientras cometía una de sus fechorías. Entró al corral y comenzó a aplastar con furia a todas las aves. No le importaron los pollitos amarillos ni los huevos que aún no habían reventado. El corral se llenó de gritos, grasnidos y chillidos.
La hija de Pata reía y aplaudía, feliz de ver destrucción en su nombre. Pero en su júbilo no se dio cuenta de que el elefante se dirigía hacia ella… y la aplastó también.
No la reconoció. Porque él no había visto a una simple ave, sino a la criatura artificiosa que lo había seducido en el circo. Sin pestañas, sin maquillaje, sin disfraz, era solo una pata común.
El elefante, convencido de haber cumplido su cometido, se marchó satisfecho. Creía que pronto recibiría de la hija de Pata un gran premio. Pero cuando regresó al circo y la esperó, ella nunca apareció.
—Así son las mujeres —dijo fastidiado—, solo nos utilizan a los hombres.
Y se dedicó otra vez a sus ejercicios, a preparar sus rutinas y a brillar en el gran circo donde las multitudes lo aclamaban por su grandeza, su fuerza y su inconfundible color naranja.
Mientras tanto, en el corral quedaban solo restos de destrucción, y el espectáculo bajo la carpa seguía como si nada hubiera pasado.
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✍️ Alexa Capote
Periodista Transexual
elkuadernozdekomunikazion.wordpress.com

