Cuento: El Tributo
Había una vez un rey bueno y justo, amado por su pueblo. Era un hombre generoso, atento y sabio, que gobernaba un reino próspero, donde todos trabajaban con alegría y vivían en paz. En aquellas tierras, la belleza se reflejaba no sólo en los campos y las flores, sino también en los rostros de sus habitantes.
Pero desde lejanas tierras apareció un reino oscuro, gobernado por un jefe cruel y su ejército sanguinario. Ellos no sembraban ni trabajaban, vivían de la guerra y del saqueo. Iban de reino en reino arrebatando lo que más valoraban: a los jóvenes y a las doncellas.
A los jóvenes más fuertes los arrancaban de sus familias para enseñarles el arte de la guerra. Los moldeaban a golpes y castigos, hasta convertirlos en guerreros salvajes, tan crueles como sus captores.
A las doncellas más hermosas las tomaban como botín. No buscaban en ellas esposas ni honor, sino concubinas y sirvientas, esclavas de los caprichos de los soldados.
Un día llegaron al pacífico reino del buen rey y exigieron un tributo terrible: cien jóvenes y cien doncellas cada año. El corazón del rey se llenó de tristeza, pero si se negaba, todo su pueblo sería destruido. Y así, la pena cayó sobre aquellas tierras.
El rey, desesperado, se reunió con los sabios del reino. Ellos preguntaron:
—“¿Qué buscan en nuestros hijos? Fuerza. ¿Y qué buscan en nuestras hijas? Belleza. Entonces, ocultemos lo que ellos desean.”
Así lo hicieron. Los jóvenes dejaron de ejercitarse y comenzaron a engordar. Se mostraban torpes y perezosos, incapaces de correr o sostener un arma. Las doncellas se raparon la cabeza, vistieron harapos y dejaron de arreglarse. La hermosura del pueblo quedó escondida bajo un disfraz.
Cuando los malvados regresaron a reclamar el tributo, se llenaron de furia:
—“¡Esto es un insulto! Estos jóvenes gordos y débiles no sirven ni para llevar una espada. Y estas mujeres feas y sucias no valen nada. ¡Jamás volveremos a perder el tiempo aquí!”
Y se marcharon. Nunca regresaron.
El rey y su pueblo celebraron, porque habían salvado a sus hijos e hijas. Con el tiempo, las doncellas dejaron crecer su cabello, los jóvenes recuperaron su fuerza, y el reino volvió a ser hermoso y próspero como siempre había sido.
Pero la historia no terminó ahí. Otros reinos también sufrían bajo la tiranía de aquellos sanguinarios. Entonces, cansados de tanto dolor, se unieron. Levantaron un gran ejército y marcharon juntos contra los malvados, hasta derrotarlos y borrarlos de la faz de la tierra.
Desde entonces, la paz volvió a reinar en aquellas tierras. Y todos recordaron que no siempre se vence con la espada: a veces, la astucia del pueblo y la unión de los reinos son la fuerza más poderosa contra los tiranos.
FIN
✍️ Cuentos Políticos por Alexa Capote, periodista transexual
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